Todos necesitamos un lugar en el que
refugiarnos. Un lugar al que volver cuando acaba el día. Un lugar en el que
sabes que te puedes esconder del mundo entero cuando todo empieza a
derrumbarse, porque las columnas sobre las que está erigido están fabricadas de
todos tus sueños, ilusiones y esperanzas, que nunca podrán ser derruidas, ni si
quiera cuando un huracán de aire contaminado de sucias mentiras, traiciones y
puñaladas traperas trate de derribarlo.
Al principio, creemos que este es un
lugar ajeno a nosotros mismos, al que accedemos desde cualquier parte, pero te
acabas dando cuenta de que realmente, esa fantástica fortaleza se encuentra
dentro de nosotros, y conseguimos refugiarnos en él a través de nuestra
madriguera particular de Alicia, cuando soñamos despiertos y ponemos el cuerpo
en piloto automático, dejando que la mente se acurruque en un rinconcito junto
al fuego de una humeante chimenea donde todos los problemas se desvanecen. Este
es un lugar privilegiado, en el que cualquier presencia ajena se considera una
auténtica intromisión.
Sin embargo, cuántos de nosotros no
deseamos con todo nuestro ser ser capaces de compartirlo con alguien... el
problema, es que no todas las estancias son igual de resistentes, y tendemos a
invitar a las personas más importantes a las más frágiles, por miedo de
mostrarnos tal y como somos realmente y ser rechazados. Así que cuando creemos
que somos capaces de enseñar aunque sea una ínfima parte de nuestro pequeño
gran mundo a otra persona, le enseñamos lo que realmente no nos importa que
destruya.
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