Puede que al cortar algo por la mitad, parezca que esas dos
mitades nunca puedan volver a formar un todo. Es cierto que si divides un
globo, sus partes no pueden volver a constituirlo, al menos, aparentemente.
Pero eso es un ejemplo aislado. ¿Qué pasa con las estrellas de mar, a las que
les vuelven a crecer los brazos cuando se cortan? ¿Y con las colas de los
lagartos? ¿Qué pasa con todo eso? Sí, puede que haya cosas que una vez rotas,
no se puedan arreglar, pero el universo está lleno de posibilidades.
¿Quieres hacer que las dos mitades de un globo vuelvan a
estar unidas? Cóselas. Pégalas. Grápalas. Átalas. Puede que se note la marca,
que ya no encajen de la misma manera, pero la vida se trata de eso. De volver a
intentar unir aquello que nos importa, aunque queda cicatriz. Cicatrices que
reflejan las batallas que hemos librado, las causas que hemos defendido.
¿Y que cómo vas a comprender o conocer del todo a una
persona si no eres capaz de entender una simple piedra? Ahí está la clave: no
puedes. Y, realmente, no importa. ¿Aunque no puedas comprender una flor, vas a
dejar de sentir su aroma? ¿Vas a renunciar de disfrutar de contemplar un
atardecer por no entender exactamente qué es lo que está ocurriendo, por qué
sucede, de saber, perfectamente, el porqué?
Se trata de eso, de disfrutar, de querer más allá de toda
lógica posible. De renunciar, en parte, a comprender a una persona totalmente,
ganando así, la oportunidad de deleitarse con ella.