Cierra los ojos. Ciérralos bien, dejando que todo lo que te rodea
se desvanezca. Ahora, solo por un momento, piensa en todas las oportunidades
que has perdido por no arriesgarte, por no atreverte a intentar traspasar la
línea tras la que te mantienes recluido. Ese límite que nos autoimponemos para
absolutamente todo lo que hacemos: después de las 2 de la mañana, vete a
dormir; solo una cucharadita de azúcar; no más de 100 páginas por día. ¿A qué
vienen tantas restricciones? ¿Por qué tantos noes, tantos ya veremos? No lo
comprendo, de verdad que no.
Tenemos que dejar de tener miedo. De tener miedo de ganar,
de arriesgarlo todo por un sueño imposible, de caminar hacia la luna por un
sendero hecho de estrellas. Olvídate de preguntarte “por qué” y empieza con el “y
por qué no”. Somos poderosos, y no tenemos límites, ese es nuestro miedo más
profundo, pero recuerda, el miedo sólo sirve para perderlo todo.
Podemos conseguir todo los que nos propongamos y mucho,
mucho más. Tan solo coge impulso y salta. Rompe las barreras. Borra los
límites. Salta sin mirar abajo. Hazlo, y, entonces, cuando llegues al otro lado,
descubre todo aquello que algún día parecía imposible, pero que ahora está al
alcance de tu mano.

