Y mientras tanto, bailamos con desconocidos que también disfrazan su propio ser al son de un compás que ni siquiera marcamos nosotros mismos. Bailamos, giramos, tratamos de no tropezar, de agradar, de estar erguidos, de mantener una apariencia que en el fondo no es más que sombras... Y bailamos y bailamos, día tras día, noche tras noche, importándonos más el qué hacemos que el con quién, al fin y al cabo, ¿cómo podemos saberlo?
Pero llega un día en el que decides dejar atrás todo aquello que realmente no nos importa, aquello que únicamente nos impide ser felices. Te detienes súbitamente y puedes comprobar, sin equivocación alguna, cómo los demás siguen bailando tal y como les han enseñado, primero un pie y luego el otro. Todos iguales, todos a la vez, como si de un gigantesco reloj lleno de engranajes se tratara. Decides tirar tu máscara al suelo, en el que estallará en un sinfín de fragmentos de estrellas, quedando apenas un montoncito irreconocible de polvo estelar, que se acabará por esparcirse por el mundo con la primera brisa del viento de poniente.
Huyes de toda esa gente, de todo ese ruido acompasado. Caminas hasta donde nadie conozca tu nombre, y es allí donde empiezas otra vez a ser tú mismo, esta vez, sin ninguna máscara que oculte quién eres realmente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario