lunes, 4 de febrero de 2013

De repente, estás perdido


Actualmente, la lectura está infravalorada. La mayoría de la sociedad cree que las personas que leemos somos unos ratones de biblioteca con tanta vida social como una lechuga.

Si te paras a pensar un poco, te darás cuenta que el proceso de lectura es como bailar un tango o tocar un solo de violín: En un primer momento vas pasando la mirada por los títulos y portadas sin mucho interés, hasta que descubres que hay uno que te está mirando fijamente y te llama internamente. Lo coges con sumo cuidado por el lomo y de repente, estás perdido.

Te sientas y comienzas a leerlo, despacio, con cautela, tanteando el terreno. A medida que vas internándote en una historia que te susurra palabras cautivadoras, empiezas a coger cierta velocidad. Ya estás tan sumergido que el mundo real deja de parecerlo, se ha quedado atrás. La velocidad aumenta a un ritmo vertiginoso, no te puedes detener, en ocasiones dejas de dormir, incluso de comer. Entonces paras.

Te percatas de que el final está próximo, no quieres que llegue, pero sabes que es inevitable. Vuelves a un ritmo normal que intenta apresurarse, como un caballo salvaje que pretende ser domado. Y poco a poco, si la historia está bien llevada, los hilos que ha ido tejiendo se van desentrelazando muy lentamente, hasta que cierras la última tapa del libro con los ojos anegados en lágrimas y un sabor agridulce en la boca de las últimas palabras no pronunciadas. Luego, un enorme vacío.

Hay gente que cree que vivo inmersa en un mundo de fantasía. Tienen razón, y me encanta.

He estudiado en innumerables escuelas de magia. He atravesado puertas secretas que me han llevado a otros mundos. He navegado a bordo del Nautilus y aterrizado sobre la superficie lunar. Sé lo que se siente cuando te convierten en cisne o cuando te inutilizan las alas y no puedes volar. He naufragado en islas desiertas donde se producen misteriosos asesinatos. He surcado el Mississippi y conozco las penurias a las que se tiene que enfrentar un niño pobre en una gran ciudad. Sé que para amar a alguien de verdad hay que dejar a un lado el orgullo y los prejuicios. He librado batallas y guerras para lograr la libertad de un pueblo oprimido. He gobernado siete reinos sentada en un trono hecho con las espadas de mis enemigos caídos. He cantado y bailado alrededor de hogueras en una noche sin luna y tocado un laúd de seis cuerdas como si no hubiera nada más en el mundo. Y, como Bastian, he dedicado días y días a internarme de lleno en una historia que sí es la mía.

¿Te atreves a cruzar la puerta y dejarlo todo atrás, o prefieres quedarte atrapado en esta gris realidad?

No hay comentarios:

Publicar un comentario